En su región de origen, los inviernos son frescos pero luminosos, con suelos pobres que drenan rápido y noches con brisas secas. Esa combinación forja hojas pequeñas, leñosas, cubiertas de aceites y tricomas. El romero aguanta más frío seco que la lavanda encharcada; el tomillo prefiere raíces aireadas a calor excesivo. Reproducir esos rasgos con luz, drenaje y ventilación controlada es más útil que abrigarlas indiscriminadamente.
La maceta reduce inercia térmica, acumula calor diurno y pierde temperatura con rapidez nocturna, amplificando extremos. El sustrato se enfría y se satura antes que el suelo del jardín, estresando raíces finas. Ubicar contenedores pegados a muros templados, elevarlos del suelo y usar materiales que amortigüen cambios minimiza sustos. Además, recipientes oscuros absorben sol invernal, pero requieren vigilancia de desecación causada por vientos repentinos.
El fallo más común es regar como en verano, provocando asfixia radicular cuando el sol ya no evapora. Le sigue encerrar las macetas en plásticos herméticos que condensan humedad y hongos. También dañar raíces al trasplantar tarde, justo antes de una ola de frío. Evitar sustratos pesados, platos con agua retenida y abonos ricos en nitrógeno durante el letargo previene brotes tiernos que el hielo castiga sin piedad.
El sol invernal viaja bajo; un balcón sur recibe rayos valiosos que calientan sustratos, mientras este u oeste brindan ventanas luminosas puntuales. Limpiar cristales, usar superficies blancas o aluminio como reflectores discretos, y podar suavemente plantas vecinas que proyectan sombra móvil, alarga minutos de luz aprovechable. Pequeñas ganancias acumuladas se traducen en hojas más densas, menor pudrición y perfumes que aún alegran la cocina en días fríos.
Las paredes almacenan calor diurno y lo liberan lentamente. Pegar macetas a un muro templado reduce descensos bruscos, sobre todo si el material es ladrillo o piedra. Un soporte de madera evita contacto directo con suelo helado, y una doble maceta, con cámara de aire entre ambas, limita pérdidas. Esta simple estrategia no sustituye un abrigo ante heladas fuertes, pero gana grados decisivos en madrugadas marginales sin costo energético.
El viento reseca hojas, baja la temperatura percibida y vuelca contenedores. Con paneles de policarbonato, malla sombra permeable o tiras de bambú, es posible desviar rachas sin encerrar la humedad. Deja siempre aberturas superiores y laterales para que el aire renueve, evitando hongos. Observa por dónde entran las rachas dominantes y mueve las macetas solo lo necesario, manteniendo una circulación suave que conserve aceites aromáticos y tallos firmes.